10 de junio de 2013

Esa medalla


Hay cosas en la vida que son inevitables e irremediables, como la ocurrida este fin de semana, donde la vida ha querido que subieras ahí arriba, quedando sólo tus recuerdos, como este recuerdo eterno que tendré siempre al querer que fuera yo quien llevara esa medalla, abuelo, la misma que llevaste hasta el día en que Plaza Nueva te vio sonreír por última vez, la del Gran Poder.

Esa medalla no tiene, seguramente, los 79 años que te contemplaban, pero no me cabe duda de que ha visto pasar a mucha gente, ya que, tenías la virtud admirable de saludar a todo el mundo.

Esa medalla ha visto y ha sentido a buen seguro el olor a trabajo bien hecho, cuando cada madrugada llegabas de trabajar en el pescao, y también a responsabilidades, cuando empezaste con el Marisco Rojo y el Bar de debajo de tu casa, ese edificio que durante muchos años te vio ser presidente de la comunidad y donde las dos palmeras te han visto pasar muchas mañanas y tardes entre ellas hablando con mucha gente, pero sobretodo con Carlos, ese portero con el que siempre hemos bromeado.

Esa medalla te dio todo para cuidar como se merece a tu mujer. Esa medalla ha visto los buenos y malos momentos de tus hijos, esos para los que, hasta el último momento, no dejaste de hacer cosas junto a la que más querías.

Esa medalla ha visto como desde chico siempre tenías buenos detalles con tus nietos, y, como soy yo el que escribe, especialmente conmigo, por eso te lo agradezco hoy, al igual que te agradezco que la última foto fuera con mi hermana en su graduación.

Te agradezco que esa medalla se haya mojado con mis chapoteos desde chiquitito en la piscina de Arroyo de la Plata, donde, como cada verano, llegabas a la zona del socorrista (Escalera De los Santos le llaman), cogiéndome de la mano hasta que ya empecé a juntarme con la buena gente de allí, que, seguramente, también te echarán de menos ahora.

Te agradezco que esa medalla me haya visto, aunque sea en pijama, todos los veranos cuando era pequeñito desayunar en La Venta o ir al Castillo a comprar el periódico, porque, sí, esa es una de las cosas que heredo aunque ahora esté más “perro” de lo habitual. Lo de levantarme temprano es una manía que me eseñaste desde pequeño (imagino que sería para aprovechar el día al máximo aunque después siempre te acostaras a las 10 de la noche, como ahora sigue haciendo la abuela en horario Europeo que le llamamos simpáticamente).

Te agradezco que esa medalla haya viajado a EuroDisney con nosotros, en una tradición familiar que te entró en la cabeza por el cariño que nos tenías a todos tus nietos, y que a todos nos pilló más o menos chiquititos, pero no por ello lo vamos a olvidar (Esas peleas desde el avión por ver quién se sentaba al lado de quién, o en la habitación del hotel por culpa de unas simpáticas moneditas de chocolate).

Te agradezco también tener esta medalla, porque también la he sentido cerca tu presencia siempre cada vez que iba al médico, donde todos, absolutamente todos los de bata blanca, se enteraban de quién era el abuelo, ya que, como bien sabes, y aunque ya lo haya dicho, desde chico siempre fuiste como mi mejor amigo, por qué no decirlo.
Esa medalla, la misma que hasta los últimos días nos ha visto saborear el frío de una buena Cruzcampo en el Mary Reyes con el gran Juan detrás de la barra (Quien me iba a decir que, cuando me la diste a probar en modocoña desde pequeño, que ahora me iba a gustar tanto…).

La misma medalla que nunca supo de qué equipo eras realmente, porque, aunque me contaras muchas veces que fue Antúnez quien te sacó el primer carnet del Sevilla, últimamente estabas muy pesaito picándome con el Betis.

Una medalla, la tuya, que también ha visto como te enseñaba mis artículos en este, mi blog, y en una web que hoy añoro, como es el-sevillista.net, donde has visto mis progresos en fútbol femenino, un campo nuevo en mi que me llevó a las ondas radiofónicas, donde no podías escucharme en directo, pero sí siempre cuando yo iba dispuesto a ponerte el audio de cada programa. Una nueva experiencia, esta del fútbol femenino, por las que decías que te sentías más orgulloso de mi, e incluso querías que te llevara a la ciudad deportiva a conocer a los responsables, a esos que, según tú, me han ido haciendo cada vez más grande.

En definitiva, una medalla que lo ha visto todo, y que lo seguirá viendo de buena gana, porque, al igual que tú siempre estabas planeando, yo ya tengo planeado no agachar la cabeza y tirar para adelante, porque si llevo tu medalla, te llevo a ti, y tú nunca agacharías la cabeza. A veces, como me decías los últimos días, a uno le dan ganas nada más que de acostarse, pero, abuelo, aquí tienes a tu nieto para sacar adelante todo lo que se proponga, y para cuidar a la abuela y al resto de los primos pequeños.

Una medalla que me obliga a darte las gracias eternas; una medalla a la querré siempre, pero seguro que no tanto como a ti.